Que conste en acta que lo que voy a contaros en esta entrada no lo digo yo, lo comenta Arturo Pérez-Reverte en el magazine del pasado domingo.En su paseo por la carrera de San Jerónimo, coincide a veces con la salida de los diputados del Congreso y habla de "los aires" que se gastan algunos. Se pavonean graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España (joder, que miedo me da pensar que mi destino está en manos de alguno de ellos). No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos.
Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para celebrar su buena suerte: diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Llegados a este punto, repito, es un escrito y pensamiento de Pérez- Reverte, al que no tengo el gusto de conocer o él a mí, según como se vea, y a quién no he pasado ninguna información, aunque el tío parezca medium, oye.
En cada ocasión, cuando se cruza con ese desfile insultante de prepotencia absurda, dice que le entra un malestar íntimo, desagradable, una indignación y desprecio visceral, irracional y colérico que le dan ganas de acercarse a cualquiera de ellos y decirles 4 cositas (él dice ciscarse en su p. madre, pero una ha ido a colegio de monjas). Aunque reconoce que siempre hay justos en Sodoma, gente honrada y políticos decentes cuya existencia es necesaria, él habla de impulsos y de sentimientos, que no elige y le saltan automáticamente.
Algo ocurre, que no entiende y yo tampoco, cuando a un ciudadano de 57 años (no sé si se quita alguno) y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora a la cabeza mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Le preocupa la razón de esa naúsea y cólera tan intensas. Se pregunta hasta qué punto los años, la vida que llevó en otro tiempo, los libros que ha leído, el panorama actual, le hacen ver las cosas de un modo tan siniestro, tan agresivo y tan pesimista. Por qué cree ver sólo gentuza cuando los ve, si sabe que entre ellos hay gente honorable. Por qué ha pasado de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace 20 ó 30 años, a despreciar del modo que lo hace a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarle en un instante, de esa manera, la tarde, el día, el país y la vida.
Concluye que quizás porque los conoce en gral. a la tropa y su casta. Ha visto aquí y afuera los bosques de cruces de madera donde llevan sus irresponsabilidades, corruptelas, ambiciones, incultura atroz y falta de escrúpulos. Cualquiera que se fije, lea y mire sabe como se lo montan ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Dice que un día contará cómo se reparten las dietas, privilegios y coches oficiales, cómo organizan en comisiones y visitas institucionales, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado, sin discrepancias ideológicas en este punto por supuesto, el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo los ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del total de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.
Espera, con su escrito, que por lo menos alguno, ahora, sepa lo que tiene en la cabeza cuando se cruza con ellos mientras camina por la carrera de San Jerónimo. Será mejor que no le dirijan la palabra, no vaya a ser que se desate "la bestia" que lleva dentro...

Acabo de terminar la lectura de "Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados" de José Antonio Labordeta y he disfrutado tanto, que quiero compartirlo con todos vosotros. Me vais a perdonar si soy un poco caótica en la exposición, pero como son vivencias del autor que va rememorando, las voy a ir contando según las recuerdo yo misma, después de haberlas leído.
Un nuevo peligro acecha nuestro presente, amenaza a nuestros menores, los jueces lo sueltan y vuelven a cometer el crimen, utiliza el anonimato y la oscuridad de la noche para cometer sus fechorías. Es el ciberdepredador.
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Así se llegaría a entender por qué la gente que vive en relaciones muy cercanas son más felices, están más sanos y viven más que los que están socialmente aislados.




