
10.7.11
POR FÍN...PEDAGOGÍA CON "R" DE ROJO

8.6.11
MINISTRO Y PRESO 44.904

9.4.11
REPÚBLICA: MAESTROS EJEMPLARES
Al iniciarse la década de los años treinta, el sistema educativo español se hallaba en condiciones muy precarias. El Estado tenía una presencia débil, subordinado a la actuación de la Iglesia católica en la enseñanza. La desidia pública se manifestaba en los niveles primarios de la educación, en la discriminación que tenía lugar entre quienes podían cursar el bachillerato y quienes no tenían la posibilidad de estudiar tras la primaria, en la dejación de la enseñanza secundaria. Francisco Giner de los Ríos señalaba así: 'De todos los problemas que interesan a la regeneración político-social de nuestro pueblo, no conozco uno solo tan menospreciado como el de la educación nacional'. De esta forma, la Segunda República nació con un programa de reforma global del sistema educativo que incluía la construcción urgente de escuelas, la dignificación del maestro con un aumento sustancial de sus retribuciones, el establecimiento de un sistema unitario de tres ciclos, el fomento de una pedagogía activa y participativa, una concepción laica de la enseñanza. Por poner un ejemplo, en cuatro años, entre abril de 1931 y abril de 1935, el número de maestros nacionales pasó de 37.500 a 50.500. La reforma concitó la hostilidad de sectores poderosos de la sociedad española. La Guerra Civil sirvió así para que los franquistas eliminaran la educación como 'escudo y defensa de la República'. Por detrás de los asesinatos, de la crueldad, el dolor y el miedo, existía la política del franquismo: una campaña sistemática de erradicación de la política educativa y cultural de la República. En 1937, José Pemartín, jefe del Servicio de Enseñanza Superior y Media, declaraba lo siguiente: «Tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado -unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos- la causa nacional (...). Una depuración inevitable va a disminuir considerablemente, sin duda, la cantidad de personas de la enseñanza oficial». En nueve provincias de las que existen datos sistemáticos, fueron ejecutados en torno a 250 maestros. Y 54 institutos públicos de enseñanza secundaria creados por la República fueron cerrados. Por añadidura, en torno a un 25 por ciento de los maestros sufrieron algún tipo de represión y un 10 por ciento fueron inhabilitados de por vida. En Euskadi y Cataluña, todos los maestros de la enseñanza pública fueron dados de baja y tuvieron que solicitar su readmisión a través de un costoso proceso.
Algunos de los testimonios que refuerzan las historias de los maestros republicanos, a modo de ilustración:
"... A mi padre le pusieron ocho penas de muerte cuando los 'nacionales' entraron en Murcia. Se lo llevaron de Murcia y le tuvieron mucho tiempo encarcelado. Mi madre se solidarizó con él: tenían dos hijas, que iban por delante de mí, que mi madre se las llevó con ella a la cárcel (...). Cuando por fin mi padre pudo salir, dejaron esas tierras y emigraron a Andalucía. En un plazo de una semana murieron las dos niñas porque en la cárcel cogieron algo (...). Es decir, que son gente que sufre las represalias de la Guerra Civil, que en cierta medida destrozó sus vidas. Yo fui el siguiente hijo.
Mi padre es comunista y luchó con la República (...). Hasta el 66 ha estado en libertad vigilada.Trabajaba de día en una fábrica en la que estaba represaliado y no podía ascender de categoría, ¿no? Y por la noche trabajaba en un garaje. Y mi madre asistía. Pero, así y todo, nosotros teníamos que ir a por leche americana, de caridad, etc. Y a mí era una cosa que me sublevaba. Pensaba que trabajando los dos, no teníamos que ir a por fiao, y trabajando como bestias por la noche (...). Primero vivimos en casa de mis abuelos, que había una manada
Las razones de las ejecuciones eran erradicar el espíritu de la República encarnado en los maestros y en la educación; provocar un miedo generalizado. Esas razones fueron reforzadas por las venganzas. A la hora de llevar a cabo la represión, no sólo fueron los verdugos los responsables.Aquéllos eran generalmente grupos de falangistas armados y matones, que luego alardeaban en el pueblo de los asesinatos y amedrentaban a los vecinos. Una buena parte de la responsabilidad correspondió a curas de la Iglesia católica: elaboraban listas negras y acompañaban los fusilamientos. Los testimonios son abrumadores.
La Iglesia jugó un papel fundamental en la represión y la depuración del magisterio por el papel que los maestros de la República jugaron en la aplicación de la normativa sobre la supresión de la enseñanza religiosa, cuando se apartó de las funciones
Por la relevancia de la Iglesia en la insurrección militar y en el nuevo régimen, el catolicismo
"...Vivíamos en una aldea en Asturias. Mi madre era maestra y teníamos algo de ganado. Mi padre muere en la guerra, poco después de que yo naciera, en 1938. Mi madre y mi tío eran los rojos del pueblo. Era una mujer de izquierdas, pero después de la guerra era una persona absolutamente aislada. Teníamos muy poco dinero. Hasta el punto de que, a falta de otras posibilidades, mi madre toma la decisión desesperada de meterme en un seminario porque piensa que es el único camino de que salga adelante.
Yo sabía que mi madre era agnóstica pero yo empecé entonces a ir a un colegio de curas y ella empezó a mostrar un interés aparente por la religión.Y un día empezó a decirme que quería aprender el rosario y eso, claro, ¡me provocaba unos desajustes! Me daba mucha vergüenza que mi madre quisiera aprender el rosario.Yo, de los diez a los 12 años fui miembro de la Legión de María (...). Iba allí al colegio Menéndez Pelayo en Atocha, y en los recreos estábamos formados, que nos hacían cantar el Cara al sol. Quinientos niños cantábamos el Cara al sol todas las tardes, todas las tardes y todas las tardes, que desde luego era la hostia, que si izar bandera, el rollo...

Eso era el nacional-catolicismo. En el terreno de la educación y la cultura, el aniquilamiento de la tradición humanista, liberal y reformista. Paralizó durante largos años la construcción de escuelas; el magisterio fue diezmado; la enseñanza pública fue maltratada porque era vista como el germen del mal 'laizante'; se fomentó la desigualdad entre centros y alumnos; el adoctrinamiento fue inmisericorde. Recuérdense las palabras del catecismo Ripalda: '¿Hay otras libertades perniciosas? Sí señor, la libertad de enseñanza, la libertad de propaganda y de reunión. ¿Por qué son perniciosas esas libertades? Porque sirven para enseñar el error y propagar el vicio'.
Así fue la educación bajo el franquismo. Después de concluida la guerra, en 1943, el ministro de Educación, José Ibáñez Martín, declaraba ante las Cortes que «lo verdaderamente importante desde el punto de vista político es arrancar de la docencia y de la creación científica la neutralidad ideológica y desterrar el laicismo, para formar una nueva juventud, poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca al Ser Supremo». El concordato de 1953 entre el Estado español y el Vaticano confirmó el monopolio católico sobre la educación española. El Estado aseguraba la enseñanza de la religión católica como parte obligatoria de los planes de estudio en todos los centros educativos del país, de cualquier clase y nivel, así como la conformidad de todas las enseñanzas con los principios de la Iglesia católica. Ésta se encargaba de la pureza de la fe, de las buenas costumbres y de la enseñanza de la religión.También podía prohibir y retirar libros, publicaciones y material docente contrarios al dogma y a la moral católica.
Para configurar la educación bajo el franquismo, los maestros republicanos tenían que ser eliminados.Así fue desde el inicio de la guerra. Sabemos que después de la guerra las purgas continuaron de forma masiva. No sólo entre los maestros, claro está. La legislación sobre Responsabilidades Políticas y de Represión de la Masonería y el Comunismo condujo a una depuración muy extensa: Gabriel Jackson ha estimado que el número de muertes de prisioneros republicanos alcanzó las 200.000; existieron, además, muchas otras formas de sanciones políticas, que iban desde purgas profesionales hasta largas condenas de cárcel. Veinte años después de terminada la guerra, la ley de Principios del Movimiento Nacional de 1958 reiteraba los fundamentos de la dictadura y, entre ellos, que la nación era católica y que tan sólo la religión católica podía ser practicada.
Desde hace un tiempo, los intentos por disfrazar el franquismo de 'dictablanda desarrollista' se han complementado con la pretensión de hacer recaer sobre la República la responsabilidad de la Guerra Civil. Presentan a los protagonistas de la dictadura como los padres de la democracia. Ésta no sería, al fin y al cabo, sino el resultado político inevitable de los cambios en las condiciones materiales de vida entre 1963 y 1973. Un burdo materialismo histórico sirve para llevar a cabo esta apología del franquismo: el cambio en las fuerzas de producción habría eventualmente determinado la transformación de la superestructura política.
Ese disfraz es falso al menos por tres razones. En primer lugar, el desarrollo económico español fue tan sólo consecuencia de la gran expansión económica europea a partir de mediados de los años cincuenta. Como ha escrito Gabriel Tortella, «la recuperación económica de Italia y Francia tras la Segunda Guerra Mundial se logró en unos tres años. La de España tras la Guerra Civil se prolongó por espacio de entre once y catorce años». En segundo lugar, el paso de una dictadura a una democracia no se debe al crecimiento económico. No ha sido la expansión lo que ha generado los cambios de régimen en América Latina o en el Este de Europa. Finalmente, las políticas económicas en España tuvieron como objetivo estabilizar la dictadura, nunca facilitar la democracia. Dos décadas después de la guerra, tras fundamentar la dictadura en la represión y el miedo, se buscó el acatamiento pasivo de la población a través de mejores condiciones de vida y de una despolitización generalizada. Como ha señalado Raymond Carr, «la dictadura de la victoria había pasado a ser la dictadura del desarrollo». De lo que se trató siempre, en cualquier caso, fue de preservar la dictadura. Una dictadura que hasta su último momento no dudó en rapar la cabeza a mujeres de trabajadores en huelga, deportar disidentes, encarcelar a sindicalistas y estudiantes, censurar libros masivamente, torturar y ejecutar cruelmente.
'Recordar para no repetir': ése ha sido un lema político en muchas nuevas democracias tras la caída de las dictaduras. El lema implica concordia, pero también exige no olvidar. En esto consiste lo que se ha llamado 'memoria histórica'. Posee, por un lado, un contenido moral imprescindible, de respeto y homenaje a las víctimas. Y, por otro lado, la importancia política de evitar que, falseando la historia, los franquistas y sus herederos socaven la democracia.
1.4.11
LOS QUE MUEVEN EL MUNDO, LOS PIONEROS...
...Y SIN PROBLEMAS DE CONCILIACIÓN FAMILIAR, AUNQUE ESTOY SEGURA DE QUE, SI HUBIESE SIDO UNA MUJER...OTRO GALLO CANTARÍA Y HUBIESE SIDO BASTANTE DIFERENTE...Cristóbal Colón pudo descubrir América sólo porque: ¡¡ERA SOLTERO!!

26.3.11
MUJER QUE LEE...Y SIN CUOTAS
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22.3.11
ASTEMIA PRIMAVERAL
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10.3.11
HOLA, SOY ANTONIA Y SOY MILITANTE...
Cuando veo las reacciones de los afiliados de los partidos mayoritarios en España, ante las noticias de corrupción política que nos golpean a diario desde los medios de comunicación, me pregunto si los militantes deberíamos acudir a algún centro de desintoxicación que nos ayude a ver la realidad. La realidad tal como la ven el resto de los ciudadanos, no esa realidad paralela en la que se mueven algunos dirigentes y que se empeñan en que veamos todos los demás.
Cuando un alcohólico dice: “hola, soy ... y soy alcohólico” en esa frase concentra tanto el reconocimiento de una adicción como el primer paso para superarla y, además, la voluntad necesaria para comenzar la recuperación. Nosotros deberíamos aprender.
Los militantes formamos parte de unas estructuras, los partidos, de las que salen los dirigentes políticos. Esos a los que nuestros conciudadanos consideran el tercer problema del país. Y creo que ha llegado el momento de reconocer que eso es verdad y pensar qué podemos hacer para arreglarlo.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Como hemos conseguido que los políticos sean el tercer problema del país para los españoles? La respuesta es fácil: por nuestros propios “méritos”. Porque hemos consentido durante mucho tiempo que algunos compañeros hagan lo que quieran. Porque en los partidos los hemos endiosado.
Y, peor aún, porque hemos colocado a las ideas y a las personas a la misma altura, sin pensar que muy pocos hombres en la historia han sido capaces de estar a la misma altura de las ideas que representaban.
Pensemos, ¿ Desde cuando ideas tan grandes y hermosas como la libertad o la justicia puede estar al mismo nivel que una persona?, entonces, por qué reaccionan los militantes como si atacasen sus ideas más sagradas cuando simplemente salen a la luz lo que han hecho mal algunos dirigentes de su partido.
Las personas somos siempre imperfectas, algunas francamente detestables y otras totalmente indignas de representar esas ideas, por no hablar de las que solo merecen estar entre rejas y sin embargo están en las instituciones.
Los partidos se crearon para defender las ideas y, sin embargo, hubo un momento en que eso pasó a un segundo plano y empezaron a hacerse adictos al poder.
Poco a poco dejamos de practicar la autocrítica, elegimos el camino fácil, los “líderes” nos lo daban todo hecho, a “los más allegados” incluso le solucionaban la vida. No nos dimos cuenta de que detrás de tanta retórica vacía, de tantas palabras grandilocuentes de algunos compañeros ya no había nada más.
En realidad sí hay algo, hay su propio miedo a perder el poder, mejor dicho, a perder su poder personal. No el poder de transformar la sociedad, sino ese poder que hace que los mediocres se crean grandes hombres. Sólo porque a ellos se pegan aduladores cuyo único oficio es decirles lo maravillosos que son, para así sacar también para ellos alguna tajada, aunque sea muy pequeñita, algún cachito de ese poder.
Ese poder que pone a disposición de los dirigentes una ingente cantidad de dinero público para arreglar los problemas de la sociedad y que los hace sentirse como dioses.
¡Qué subidón! arreglarle a los amigos/compañeros/ familiares los problemas con un contrato/subvención/sueldo/pensión! Y sólo con una firma. ¿Quién da más? ver esa cara de felicidad y agradecimiento de los afortunados les hace sentirse como dioses: todopoderosos, indestructibles.
Si de paso este "pequeño favor" sirve para mantener el poder dentro del partido, oye pues estupendo ¿no?, la gente es agradecida y está en su derecho de elegir a los líderes que quieran, faltaría más, dicen.
Mientras, en cada reunión, en cada intervención publica, en cada mitin, estos dirigentes miran a los compañeros y, sin parpadear siquiera, hablan del partido, de las grandes ideas que un día nos llevaron a llamar a la puerta de nuestro partido porque queríamos contribuir a ponerlas en práctica, a extenderlas, a mejorar la vida de las personas.
Nos miran, nos miran y nos dicen que ellos están siendo atacados por representar esas ideas. Y nos dicen que tenemos que defenderlos, porque si ellos caen el partido caerá y todo lo que hemos conseguido con duro trabajo será destruido por nuestros adversarios políticos.
El miedo es convenientemente aventado y esos mismos “líderes” nos asustan con ese miedo irracional a lo que puede pasar si perdemos. Son tantos años repitiendo que lo importante es el poder, que sin poder no se puede transformar la sociedad, que ese miedo forma parte de todo militante que se precie, sea de uno u otro partido.
Sin embargo la historia demuestra que sólo las personas con verdaderos principios y autoridad moral han conseguido mejorar la realidad social, y que el poder en manos de gentes sin escrúpulos (militen en el partido que militen) destruye la sociedad.
Mientras tanto, los que llevamos la política en el corazón nos desesperamos viendo como no parece posible demostrar a la sociedad que la política no es el problema sino que forma parte de la solución, que sin buenos políticos de todos los signos no saldremos de esta crisis.
Tenemos que darnos cuenta que la sociedad no nos va a creer, que nos va a seguir despreciando, mientras no dejemos de lado nuestro corazón y empecemos a usar la cabeza.
¿Queremos respeto a nuestras ideas? ¿respeto a nuestro partido? ¿queremos que confíen en nosotros? Pues consigamos ese respeto.
No nos dejemos llevar por palabras grandilocuentes, que esconden los comportamientos estúpidos o claramente delictivos de algunos "líderes" o todos seremos corresponsables de los que nos traerá el futuro.
¿Queremos respeto? Empecemos por demostrar a la sociedad que somos capaces de defender nuestras ideas dentro y fuera de nuestro partido. Empecemos diciéndole a algunos de esos “líderes”: “Hola, soy Antonia y milito en este partido. Y no quiero que tú nos representes ante la sociedad. Porque no te mereces ese honor. Porque no representas los valores de este partido, ni su historia, ni sus ideales”.
Es responsabilidad de cada militante hacerlo. Sólo así empezaremos a recuperar ese respeto que hace tanto tiempo que perdimos. Sólo así la sociedad volverá a vernos como parte de la solución y no como uno de sus mayores problemas.
(Publicado en facebook por ANTONIA HIERRO y, en este espacio, con permiso de su autora para compartirlo con el resto de compañeros)
